El Homo Invasorus se encuentra frecuentemente en los paseos marítimos del sur del país o en los caminitos de los parques y, lo más importante, siempre va en grupo, grupos que oscilan en número de integrantes entre cuatro y cuarenta individuos. Normalmente pasan la cincuentena y nunca se percatan de que el ancho de la vereda debería ser suficiente para sus tertulias tanto como para el paso de transeúntes ajenos a éstas.Cuando una persona va a 140 pulsaciones, tras treinta y cinco minutos corriendo (actividad SIEMPRE sacrificada) y se ve obligado a frenar el ritmo considerablemente (nivel Mr Bean en la escalera), usar el Turbo BOOST (opción sólo válida para el KNIGHT2000), o atravesar las huestes en plan Juego de Tronos pero sin espada, es una situación jodida; intento ponerme en su lugar, pienso en familiares o personas cercanas que podrían estar en esta situación sin percatarse, rezo a San Judas Tadeo... al final se pasa, pero jurando en arameo. Elevando el dramatismo de mis bufidos si añadimos extras "porculeros" como humo de tabaco, correas extensibles de perros, paradas en seco, cruces sin criterio o la anexión del carril bici (creo que a los ciclistas joderá incluso más).
Es cierto, hacen uso de su paseo, para pasear (argumento que algunos ayuntamientos como el de Torroles han usado para prohibir el uso de patines ¡estamos locos!) pero en este mundo tan carente a veces de altruismo de vez en cuando podríamos mirar a otras necesidades. Pueden llevarse a cabo todas las actividades, sin fastidiarnos unos a otros: paseantes, corredores, perros, ciclistas, patinadores o voyeurs (¡qué bonito final! parece el final de una canción de Manolo García).

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